De entre los países de la OCDE, Chile es el peor para ser niño. No en mortalidad, no en pobreza, sino en bienestar subjetivo, en si los niños sienten que su vida tiene sentido. Así lo establece el último informe de Unicef, que compara el bienestar infantil en 36 países ricos. Chile ocupa el lugar 36 de 36 en satisfacción vital.
En una escala de cero a diez, en 2018, el 74% de nuestros adolescentes evaluaba su vida entre cinco y diez. En 2022, las respuestas en ese tramo habían caído a 62%. No son niños en situación de extrema vulnerabilidad: son adolescentes escolarizados, con techo, representativos de la población general, pero descontentos.
La satisfacción vital incluye la calidad del vínculo con la familia y amigos, la experiencia de acoso, la seguridad del barrio y los colegios, y si los niños sienten que tienen recursos propios y comunitarios para enfrentar la vida. Es una medición sobre si ellos sienten que importan y si pertenecen a algo.
Uno de los indicadores que el informe asocia con mayor satisfacción vital es la frecuencia con que los adolescentes hablan con sus padres. En Chile, un 60% declara conversar con ellos al menos una o dos veces por semana, bajo el promedio de 76,5% para los países analizados. Quienes reportan mayor satisfacción con la vida, en cambio, hablan con sus padres casi todos los días. Los vínculos importan. Y en Chile parecen ser más débiles que en otros países.
“Uno de los indicadores que el informe asocia con mayor satisfacción vital es la frecuencia con que los adolescentes hablan con sus padres”
Según Unicef hay muchas explicaciones posibles para entender este indicador: redes sociales, pandemia, cambios medioambientales, incertidumbre económica. Pero ninguna basta por sí sola. Todas eluden la pregunta central: ¿qué condiciones permiten que un niño sientan que su vida vale la pena? Los indicadores que componen la satisfacción vital remiten consistentemente a vínculos, entornos seguros y sentido de pertenencia.
Nada de eso se produce solo. Tampoco depende únicamente de las familias, sino también de condiciones que la sociedad puede fortalecer o debilitar a través de sus instituciones, comunidades y políticas públicas. Chile tiene políticas de infancia, pero carece de una que reconozca el cuidado como su condición básica. El tiempo, la estabilidad y el apoyo para cuidar son condiciones que creamos colectivamente y que contribuyen decisivamente al bienestar.
Hoy, con una tasa de fecundidad de 0,99 hijos por mujer, nunca hubo en Chile tan pocos niños y, los que hay, sienten menos satisfacción que antes. Si sigue la tendencia de natalidad, Chile tendrá cada vez menos niños; si sigue la tendencia de Unicef, esos niños serán cada vez más infelices. La pregunta fundamental, entonces, no es cómo aumentar los nacimientos, sino cómo lograr que a los quince años, ellos sientan que sus vidas sí valen la pena.
Por Nicole Gardella, OVO Chile, Directora de Incidencia Pública, Escuela de Gobierno UAI, Investigadora SODAS.
Publicada en La Segunda.